
Por: Julio Ojeda
Al regresar de mis cortas vacaciones (por alguna extraña razón las vacaciones son siempre cortas aunque duren un año) me reencontré con mi rutina de cuadernillos, libros , poemas, discusiones (filosóficas y triviales), semanas mechonas y alcoholismo universitario, y por supuesto con una de las actividades que más estimo dentro de mi diario vivir: aplanar calles o vagar sin ninguna intención fija, simplemente por el echo de consumir el tiempo en algo que no tenga ninguna relevancia estética, socio-cultural o económica, creo que es la única forma de liberar aquella parte de mi que me pide a gritos que ponga la mente en blanco por un par de minutos y deje de pensar en las cuentas, libros, ramos o pornografía. En uno de aquellos paseos que en marzo aun son calurosos, me adentre en mi querida plaza de armas, debo reconocer que uno de los lugares que más estimo de esta ciudad es la plaza, en ella recuerdo mis días de liceano, me fumo un cigarrillo observando a uno que otro perro que mordisquea un pan de hace tres días o simplemente dirijo mi mirada a la catedral, a ver si encuentro un poco de divinidad en la punta de la catedral que ya parece tocar las nubes. Caminé y di varias vueltas por el lugar, hasta que me encontré con un detalle que a pesar de su tamaño no había tomado en cuenta, aunque parezca increíble literalmente me tropecé con un toro de casi dos metros que no me dejaba pasar, grande fue mi sorpresa como se podrán imaginar al darme cuenta que siendo yo un osornino de corazón, de tomo y lomo, oriundo y mal criado en esta cuidad no le había prestado mayor atención a el toro de dos metros que colocaron en MI plaza. Al conversar con mis compañeros y amigos con respecto al tema del famoso toro surgieron varios adjetivos que me dejaron en claro que no existe una opinión consensuada de la función del toro ni de su valor identitario (positivo o negativo) así que me he propuesto analizar estos aspectos para definir si este símbolo nos identifica o solo es una creación de un grupo de poder que nos impone este símbolo para llenarse los bolsillos vendiendo tazoncitos, poleritas y chapitas del torito de la plaza a cuanto turista despistado pase por Osorno.
Comencemos por lo básico, la relevancia espacial, es más que sabido que un símbolo especialmente una estatua o escultura está en directa relación con el espacio en cual se sitúa, es decir que se mantiene no solo para llenar un espacio sino para potenciarlo, para que a través de esta manifestación el espacio se re-signifique, y adquiera un nuevo valor, creo que este valor se perdió en el preciso momento en el cual me tropecé con la estatua, no me gusto porque para empezar me estorbó, se encuentra en medio de una de las entradas de la plaza, no creo que colocar una estatua de mi perro en la entrada de mi casa sea lo mas conveniente ¡estorba! Y tampoco creo que la ubicación del toro sea la más adecuada. Punto en contra para el torito.
Lo siguiente es el carácter identitario de este símbolo, el toro en teoría debiese nacer de forma espontánea como parte de una imaginario colectivo arraigado de forma intrínseca en nuestra identidad, lo cual creo no sucede en este caso, pero ¿Existe acaso ese símbolo mágico que nos une y nos identifica a todos por igual? Al parecer no, por que le pregunte a cuanto creativo me encontré y ninguno me mostro aquel símbolo mágico, así que en este caso podemos decir que es valido invertir el proceso y crear un símbolo que no nos representa y darle aquel valor unificador lo cual en teoría se debería consolidar en el tiempo, por lo tanto el valor del toro podría llegar a ser positivo en la medida que nos brinde esta suerte de ancla identitaria. Punto a favor para el torito.
Estéticamente no me puedo manifestar debido a que no soy un experto en escultura, y no me quiero mojar lo pies haciendo una critica estética del famoso toro, así que ante el tema me declaro un gallina.
Podemos tener muchas opiniones respecto a este símbolo, que es feo, que está gordo, que no debería mostrar ciertas partes intimas, que representa nuestra masculinidad como osorninos (lo cual considero una soberana estupidez), pero no podemos negar que en un pueblo que no se caracteriza por identificarse con muchas cosas, este toro podría llegar a ser con el paso de los años un símbolo unificador, para poder llegar a querernos primero debemos mirarnos en el espejo e identificar nuestra imagen, sea bonita o fea, es lo que hay, así que para que los osorninos puedan llegar a querer de una manera profunda a su ciudad deben tener estas anclas semióticas que les ayuden a descubrir un estructura mas profunda dentro de su imaginario cultural, tal vez el toro lo ayude a lograr esto.



